Anatomire 2: Músculo oreja

La oreja es un músculo,
se ha fortalecido, por el no parando tiempo,

escuchando susurros o discursos de otros siglos.

Es el ingrediente-mecha del abrazo que oponés a mi pesadez.


Y se pega a mi alma,
que se pega a mi alma,
que se pega a mi alma,

que tiembla allá afuera
hasta ese otro órgano: la carne.

Queridísima oreja,

Le pertenecés a alguien a quien deseo y trato de seducir mientras desgarro con palabras el aire que te separa de mi boca,
guarida, a veces, lo admito, de la vanidad.

Ojalá muy pronto corte, con una violencia híbrida de nombre tan justo, la castidad que le corresponde, ¡a esa oreja!

Lo veo ahí, también lo escucho: un viento se levantó sobre la nuca.
Despertó esa piel de vello fino, tan hermosa, que muy pronto voy a saborear.
Ese viento que acaricia lo invisible me llega como un eco.

¿Dónde estamos? Creo que estamos en el centro de un país.


Y me gustaría convertirme en una montaña, recoger todas tus aguas como ofrendas felices, irrigar los dolores, los dolores del deseo, para que se vuelvan Amores.

Te oponés a mí, y sin embargo me penetrás.

Todas las historias que escuchaste se depositaron en tus maneras, en tus gestos.


Y ahora sos vos quien me modifica.
Hacés perdurar el oro desbordado de tus sonidos, gritados hacia mí (me atrevo a creerlo), que hacen hinchar mi músculo.


Dejame también creerme eterna por un instante.
Qué importa si me marchito enseguida bajo el aliento de tus talentos.
Voy a recordarlo, hermosa, incluso en los momentos más duros.

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